martes, 27 de febrero de 2007

un cafe...

8 comentarios:

Osiris dijo...
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Osiris dijo...

- Disculpe, la calle Esperanza? Sé que debería estar por aquí cerca pero...
- Claro, es esa que tiene usted detrás.

Sí, aquella era la calle. Claro que antes tenía adoquines donde ahora hay asfalto. Y antes no había papeleras ni maceteros. Ni locutorios.
Tomar la calle me traslada años atrás, cuando la recorría de la mano de mi abuelo en busca de porras para el desayuno todos los domingos. Todos los domingos del verano, desde aquel verano en que le conocí. Estaba sentado en su perenne butaca, con la calva cubierta y una sonrisa de oreja a oreja.

Al llegar a lo alto de la empinada calle contemplo que la plaza de la ermita aún está reconocible. Respiro ante el portalón tratando de despertar un poco el olor que aún conservo en la memoria.

Sigo hasta la churrería y descubro con desazón que tan sólo quedan hileras de mesas y sillas, ordenando el vacío de porras y churros.

- ¿Se encuentra bien?
- ¿Eh? ¿perdón? - despierto
- Si está bien. Parece triste.
- No, no...es más bien...melancolía
- Nunca he sabido distinguirlo, ¿le pongo algo?
- Sí sí, mmm...uunn...
- ¿Un café?
- Sí, ¿por qué no?
- Enseguida se lo traigo... Puede sentarse ¿eh?
- Sí sí gracias.

El chico se aleja mirando de reojo. Patosamente me siento. Sí. El chico me recuerda al churrero, con su amplia sonrisa, la misma que yo, cómplice, ponía cuando agarraba la primera porra del cucurucho.
- Su café.
- Gracias, gracias.

Doy un sorbo. No le he puesto azúcar. Hay cosas que nunca cambiarán por muchos locutorios, como el café y el mar.

Y el abuelo.

L_Y_R dijo...

Ella siempre pide café con leche...
da lo mismo si es por la mañana, si acaba de comer o si es noche cerrada.
No le importa si está sola o con la mejor de las compañías... si hay café, tiene que ser con leche.

Mientras remueve el azúcar, en silencio, piensa el porque un día tomó esta decisión y no ha vuelto a cambiarla.
Y no lo sabe.
Como tantas cosas, un día decidió que esto era lo que le gustaba, eso era todo.

Se gira a la izquierda y mira despacio a su acompañante. Es guapo, mucho. Y atento. Una buena compañía que le recuerda que su presencia en el mundo enriquece la vida de algunas personas. Una de esas compañías que cuando te miran te hacen sentir bonita.
Sonríe.
Pero es una sonrisa triste, una sonrisa cargada de resignación.

Se acerca el camarero, ella se gira, lo mira y le pide un café solo.

Anónimo dijo...

- Disculpe, yo había pedido unos espaghettis con tomate.
- Es posible, pero es que el café está riquísimo. De hecho, yo llevo toda la mañana intentando tomar uno y no hay manera, no he tenido tiem
- Lo que usted diga pero yo quiero mis espaghettis
- po ni de descansar cinco minutitos. Yo creo que esto es un complot contra los fumadores. Es lo que yo digo. Darnos mucho traba
- Una pena, pero es que tengo un poco de hambre
- jo para que así no fumemos y arrinconarnos cada vez más en esta sociedad que no mira por tu bien sino por el suyo. No por el bien de la sociedad quiero decir el bien de los políticos, que son todos unos farsantes
- Sí, ahí estamos de acuerdo, pero a mi la cafeína es que me sienta fatal, si no le importa
- y unos mentirosos. Es lo que yo digo. Que en campaña todo es muy bonito: que si te voy a poner viviendas, que si trabajo para todos, y en cuanto les votas ¡ja! Si te he visto no me acuerdo. Como mi novia. Bueno, mi exnovia: en cuan
- Ya, ya un horror las exnovias... pero disculpe, tengo hambre
- to le compré un coche, uno súperbonito con muchos caballos y un par de asnos me dejó plantado. Que di
- ¿Y al menos un croissant para acompañar?
- go yo ¿tanto le hubiera costado dejarme una semana antes? Es lo que yo digo, las mujeres, que son todas muy raras y no hay quien les comp
- Ahí estamos de acuerdo.
- Es lo que yo digo.
- Es lo que usted dice.

Anónimo dijo...

...estaba perdida en aquella vista que tenía frente a ella, los azules, sus azules, el cielo tan iluminado hacía que el mar tuviera esos brillos...como pequeños diamantes en su superficie.

Pensaba en tantas cosas, tenía tantas preguntas, pero sabía que eran de ese tipo del que no se tienen respuestas, ¿para qué molestarse?

Mejor seguía perdida en aquella infinidad, el viento fresco rozaba su cara, eran como pequeñas caricias que la hacían sonreír, respiraba el aire fresco, tan diferente a su vida habitual, cómo le encantaría tener el mar cerca de donde vivía...

"su café" dijo el camarero, posando una taza sobre la mesa, eso la hizo parpadear, volviendo a la realidad, volteó a verlo, le agradeció y sonrió aun más: a ella no le gustaba el café... ¿en qué momento lo había ordenado? suponía que aquella vista, lo merecía.

Anónimo dijo...

Deduzco, por la leve inclinación de la línea del horizonte, que el amable cafetero-fotógrafo surca suavemente los mares, con la mirada puesta más allá de la inclinada línea que por mor de la flotación, y no logrando la horizontal, mece a nuestro protagonista en un suave vaivén, va-y-vén-va-y-vén. Entornará los ojos y sentirá el sol en su piel en paralelo al calorcito interior de su recién ingerida taza de café, quien a su vez, desde el estómago, trazara levemente inclinada su línea de flotación paralela al mar. Vaivén interior y exterior.
jagmas

Anónimo dijo...

Cansada ya de agua salada, la mar mira ansiosa la seca arena a la que, envidiosa, lanza una y otra vez sus tentáculos, sin jamás llegar a ella...
Un café..., mientras te miro, tierra, amada...
jagmas

Anónimo dijo...

- ¿Café? Yo no le he pedido café...
- ¿No le gusta?
- No, a mi me gusta el mar...
- Pues bébaselo.
- ¿El café?
- No, a su puta madre...